lunes, 10 de marzo de 2014
Horizontes
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| Horizontes (lo dibuje en el 2000) |
Sigo llevando exceso de equipaje en el espíritu, parece tarea de nunca acabar el tener que organizar el desastre antiguo, ese que se deja para mañana. Me he lanzado al vacío un par de veces, no ha sido suficiente ni lo será, todavía hay piezas faltantes.
Cuando niño (no pediré disculpas por hacer tantas referencias a mi niñez, época dorada), soñaba ser muchas cosas que, aunque ahora soy, todavía son invisibles, intangibles, incluso para mí. No me prepare para pintar, ni volar, ni dibujar mapas, ni crear historias, ni diseñar edificios; en cambio, me prepare para algo "temporal" que me dio herramientas, sí, pero para los motores erróneos.
Llegan momentos donde debes decidir qué hacer para que el conjuro de invisibilidad se acabe, ir derrumbando poco a poco las paredes de ese laberinto labrado a pulso de temores. No es suficiente pronunciar el verbo, necesitas escuchar los ladrillos caer, explotar, para poder creer (te).
Entonces te das cuenta que las fundaciones de ese laberinto eres tú, necesitas derrumbarte, abrirte en canal, desmoronarte..., tienes (tengo) miedo de los (mis propios) miedos.
Con el miedo en ambos lados de la ecuación, debería ser fácil anularse, al parecer.
Ya no hay que esperar que la lancha se divise en el horizonte, habrá que nadar, así el agua este fría. Eso si, sabiendo a donde quieres llegar.
J.
Etiquetas: Australia, Cronica, Dibujos, Espanol, Horizontes, Miedos, Prosa, reflexion, Spanish, Venezolano
miércoles, 5 de marzo de 2014
Moving Stars
Era una noche de suelo luminoso pero con una negrura celestial, se sentía el salitre navegando el aire de forma tenue, como queriendo pasar desapercibido. Entonces mis pies estaban descalzos, era tierra arcillosa, entre naranja y ocre, de pisada pastosa; creo haber estado acompañado, sentía gente a mí alrededor, hablaban algo que yo entendía pero no recuerdo, al menos en palabras precisas. Bajamos una suave pendiente, habían mujeres jóvenes jugando juegos de niños a la ribera de ese cuerpo acuoso que, por alguna razón, mi mente identifico como el Lago de Maracaibo, cerca del puente; pero, ese cielo, ese cielo lo hacia todo irreal, lo veía sin verlo, sentía su mirar pesado sobre mis entrañas, cual niño castigado no deseaba subir la mirada, no todavía.
Quise jugar ese juego infantil con ellas, también habían chicos. Todo el grupo era familiar a mi alma aunque no les reconociese físicamente, era como ver una película ya empezada donde yo era una de las estrellas.
Corríamos, sudábamos frio, frio de niños que juegan en el parque durante una noche, en un parque infantil de algún sitio donde se celebra una boda o unos quince años. El espíritu se sentía libre, sin cicatrices todavía, sin necedades y laberintos.
Y entonces la curiosidad terminó por tentarme, susurro tibio..., "anda, mira hacia arriba..."
Vi aquel cielo de mi niñez, tendría yo 7 años cuando pase unos días en Paraguaná, cuando presencie aquella noche clavada en el techo de mi vida, negra pura, con estrellas desparramadas por todos los ángulos posibles, era verle las vísceras a la Vía Láctea.
Esta noche, la de este sueño, era muy parecida, pero entonces las estrellas, algunas, decidieron moverse. Pensé primero "son fugaces" y ya, pero entonces las acompañó una coreografía geométrica a un ritmo inaudible, pero que significaba algo, algo..., que supe sin saber ni sigo sabiendo, pero lo supe. Eran como F16, aviones de guerra en formación de desfile, de anuncio, de celebración?, no sé. Círculos, líneas curvas, caleidoscopio sin colores.
Y entonces, al ser consciente dentro de esta filigrana de gasa, de espuma pastosa, abres los ojos y te jodes, no sabes el resto de la historia, pero te queda esa cicatriz y debajo de ella, lo que habías entendido solo un micro segundo, solo uno. Vaya usted a saber!...
J.
(Fragmento de "Oniricos", proyecto en desarrollo)
*dos/veintiuno*
*dos/veintiuno*
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martes, 4 de marzo de 2014
Soltar las manos
No sé qué haría sin ellas. Obvio que muchos lo logran, muy a su pesar, y agudizar sus otros medios y sentidos pero..., no, no podría. Estos días han estado algo adoloridas del trabajo físico, del constante ajetreo casi robótico, para no pensar, pero igual se termina pensando y el doble!.
No debo maltratarlas, pero soy consciente que necesitan disciplina, propósito. Que pendejo, no?, todo eso no debe ser para ellas, debe ser para el que manda, el que está en la azotea, ese que de ser una ciudad se llamaría Procastinationwood y tendría un letrero bien grande a lo largo de sus colinas. Al final tampoco es culpa del esponjoso que vive en el penthouse de mi contenedor de carne y hueso (y vísceras, sangre, sudor y demás humanidades), es el conductor, el etéreo e indescriptible. Y no es razón buscar la culpa, nunca es buen vehículo ni bandera a favor o en contra.
Igual, ellas terminan siendo la extensión del deseo, de la idea, la fuente que esculpe los verbos y versos en las mentes ajenas.
En fin, este día comenzó recibiendo en mis manos un ejemplar de un libro que había comprado hace poco (del cual hablare en otro post, debo leerlo primero). Dije que me lo trajo la cigüeña literaria porque se, es un hijo bien querido de su creador, un soñador como yo, solo que el ya comenzó a procrear. Su tapa blanda y rosada, sus ciento noventa y seis páginas, su impresión sencilla y justa, me ha enamorado. Es bello enamorarse de las ideas, de lo sublime, ese click que desabotona un suspiro y una sonrisa de eterno niño.
Y la energía, es imaginación que se disemina fractal y orgánica, corriendo por mis pasillos internos, esperando que mis manos sueltas rayen el papel.
J.
*uno/veintiuno*
*uno/veintiuno*
Etiquetas: Australia, Cronica, Cronica Imprevista, Escritura, Espanol, Inmigrante, Inspiración, JLGQ, Lectura, Migrant, Prosa, Reading, South Australia, Venezolano, Venezuela, Venezuelan
martes, 21 de febrero de 2012
Llovió sobre Campo Carabobo
Hubo una tarde que no fue tarde, con nubes que fueron mas que nubes, donde las palabras dichas en aquel instantes mezclaron con el vapor del campo y el cantar de las chicharras.
Esa tarde no tenía razón de existir, no por nada malo o algún designio equivocado del universo, no..., simplemente que era muy sencilla para ser verdad. Las cosas fueron lo que son, y la gente también. Los carros pasaron ante los ojos como carros, los árboles fueron verdes como árboles, y el cielo fue eso: cielo; y aunque siempre han de serlo, no era igual esa vez.
Y llovió sobre Campo Carabobo, gotas frías esparcidas durante el bochorno eterno de las tres de la tarde. No tenía nada de especial el fenómeno, se pudo pensar, pero después de ese momento que no existió, se puede ver desde lejos y el cielo no se cansa de llover allí cuando la luz ya se va. Algo tratará de limpiar y todavía no se sabe que es.
Fue el momento más normal que se puede recordar, porque allí la gente nada habló, nada con sentido ni humana razón; solo habló y habló, vio el campo y se fue..., pero sus palabras no, porque se enredaron con el sudor y estas gotas se escondieron muy debajo de los pies.
El agua cayó tres veces o dos, solo se recuerda que fue más de una vez. Al borde de una acera se pudo ver como tocaba tambor sobre los techos de zinc, y sus ondas se dibujaban en un charco tratando de escapar con los pies de las gentes, porqué quizás estén cansadas de llover siempre en el mismo lugar sabiéndose el camino al derecho y al revés.
Y entonces hubo personas que fueron personas, sin diferencia y sin edad, que disfrutaron del sabor del maíz y la soledad en el mirar; y si antes no habían sido amigos, ahora lo eran con solo compartir este silencio, cosechado en el aire y en los árboles de mango. Por eso, los días que más se recuerdan son los que no existen, que no tienen celebración, ni alegrías ni dolor que les den un nombre. Basta con que sean improvisados al sonar de un cuatro al mediodía; y quienes vivieron ese momento que no existió, les sigue lloviendo adentro, una y mil veces recordando quienes son y que hubo una tarde que no fue tarde, cuando llovió sobre Campo Carabobo..., y luego sencillamente escampó, como sólo esa lluvia lo sabía hacer.
JLGQ (2002)
Etiquetas: Prosa
domingo, 12 de febrero de 2012
A cinco centímetros del suelo
Siendo
niño, floté desde el décimo sexto al noveno peldaño de las escaleras de mi casa
en un abrir y cerrar de ojos, y nadie me creyó. A pesar de que he crecido lo
sigo creyendo, sé que lo viví y no miento. Después de eso lo seguía haciendo,
pero de una forma distinta, mas discreta y perfeccionada.
Apenas
eran solo cinco centímetros sobre el suelo, pero me bastaban para llegar a la
luna, al pasado o al futuro, a una lágrima o a un chocolate. Es muy eficaz este
arte de flotar cuando el suelo está sucio, que casi siempre lo está. Y aunque
ya no buscaba a alguien para decirle que podía flotar, todos al ver mis ojos se
daban cuenta y hasta me regañaban porque, según, los pies no fueron hechos para
volar..., bueno, por algo duele al aterrizar, ya que mi alma siempre se queda
engarzada en alguna idea empalagosa como la melaza; de tanto estirarse algún
día se me va a romper. Son los cinco centímetros mas grandes que he visto, que
he sentido, que me han dado un vértigo fascinante al que a veces le huía y al
rato volvía como adicto, para solamente sentir como el aire me ponía frío los
pies que sudan tanto al andar.
Un día me levanté y de nuevo la escalera se me
presentó retadora, queriendo que la sobrevolara por segunda vez, después de
tanto tiempo. Esta vez escogí que mi ruta fuera desde el noveno hasta el primer
peldaño, solo por variar. Comencé a sentir algo de temor, igual cerré mis
párpados y comencé a despegar..., pero no volé. Una, dos, tres y hasta cuatro
vueltas di y la pared me atajó; mi cabeza era todo un huracán, y el piso fue
cruel y duro conmigo. Pude pararme como si nada, me limpié el polvo y dije que
“tal vez el noveno peldaño sea solo para aterrizar”, y me fui. Pero, algo
faltaba; de pronto nadie me descubría el secreto, y cuando me vi en el espejo
yo tampoco lo vi. Tuve que caminar, muy a mi pesar.
Mucho tiempo después, cuando yo tenía una nueva casa, supe que un niño vivía en la vieja, y los padres no sabían que hacer con un carajito volando como una pluma de cristofué. Lo conocí personalmente, y me confesó que había conseguido un paquetico de sueños a medio abrir, “muy mal aprovechado y administrado” me dijo en su criterio infantil, y comprendí porque sus centímetros no eran cinco, sino diez.- ¡porecito el niño que lo perdió!, ¿verdad?-, terminó por decirme y se fue.
5 de Mayo de 2005
JLGQ
Etiquetas: Prosa
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