(The Unexpected Chronicle)
Bitacora de vuelo de un espiritu Venezolano en su andar por las Antipodas / Flight logbook of a Venezuelan spirit in his walk by the Antipodes.
(Spanish/English)
martes, 11 de marzo de 2014
Diarios
Anoche mientras revisaba en los compartimientos de mi nuevo escritorio, estaba buscando un documento cuando por accidente encontré una bolsa, cuyo contenido es dos de mis diarios. Los escribí durante 2 épocas distintas de mi vida, siempre con la idea que algo podría usar de allí.
Tener un diario para un niño no es algo muy común, tampoco era algo que hiciera público, porque era algo privado, mío, donde me daba (y me doy) permiso de leerme. Cada vez que me los encuentro, tengo reacciones diversas, a veces me provoca jurungarlos y poner atención en los detalles, otras veces me hago el loco y ni los abro, quizás por temor a desatar algún sentimiento impredecible en mí.
Algo muy curioso sobre ellos, mis diarios, es que a medida que los reviso en orden cronológico, me doy cuenta que en mis primeros intentos era muy tímido conmigo mismo, disfrazaba las cosas que quería decir. Imagino que es como verse en un espejo, y al saber el poder de la palabra sobre mí, pues me abrumaba saber todo lo que podía salir de mí, lo que podía contar, lo que podía crear. También hizo evidente los temores y fantasmas, los errores y los tropezones al caminar, como también la evolución de los sueños y anhelos. Tuve oficialmente tres, de los cuales solo sobrevivieron (al tiempo y al azar) dos; justamente lamento el que perdí porque fue de una época crucial, esa cuando por fin racionalizas que ya no eres un adolescente sino que ya eres un adulto joven. Obvio que recuerdo lo más importante de esa época, pero como me hubiese gustado haber conservado las palabras que use en ese entonces.
Sé que ellos, los que me quedan y el que comencé cuando llegue aquí, serán una fuente de ideas eternas para mis proyectos futuros, como también recordatorios de lo que queda por hacer, pero también de lo que ya he hecho, que a veces se me olvida.
Lo que puedo decir del primer diario, ese del bachillerato, a ratos siento que leo a la ingenuidad pura (vaya que sí lo era!), con sus desatinos y comiendo flores, muy de explorador que todavía se esconde tras la maleza esperando una oportunidad. El segundo, que fue durante mis primeros veinte y tantos, refleja a ese explorador que ya se atreve a salir al descampado, pero sin idea clara de qué camino tomar. Cuanto quisiera susurrarles a ambas versiones de mi "epa, tranquilo, no te lo tomes tan a pecho, si puedes!" o "ni se te ocurra enamorarte de ese loco", y así.
Nunca es tarde para llevar un diario, sea a mano o en digital, ambos tienen su encanto; eso sí, luego no se sorprendan con lo que puedan encontrar ante sus ojos.
Sigo llevando exceso de equipaje en el espíritu, parece tarea de nunca acabar el tener que organizar el desastre antiguo, ese que se deja para mañana. Me he lanzado al vacío un par de veces, no ha sido suficiente ni lo será, todavía hay piezas faltantes.
Cuando niño (no pediré disculpas por hacer tantas referencias a mi niñez, época dorada), soñaba ser muchas cosas que, aunque ahora soy, todavía son invisibles, intangibles, incluso para mí. No me prepare para pintar, ni volar, ni dibujar mapas, ni crear historias, ni diseñar edificios; en cambio, me prepare para algo "temporal" que me dio herramientas, sí, pero para los motores erróneos.
Llegan momentos donde debes decidir qué hacer para que el conjuro de invisibilidad se acabe, ir derrumbando poco a poco las paredes de ese laberinto labrado a pulso de temores. No es suficiente pronunciar el verbo, necesitas escuchar los ladrillos caer, explotar, para poder creer (te).
Entonces te das cuenta que las fundaciones de ese laberinto eres tú, necesitas derrumbarte, abrirte en canal, desmoronarte..., tienes (tengo) miedo de los (mis propios) miedos.
Con el miedo en ambos lados de la ecuación, debería ser fácil anularse, al parecer.
Ya no hay que esperar que la lancha se divise en el horizonte, habrá que nadar, así el agua este fría. Eso si, sabiendo a donde quieres llegar.
Anoche fui a un Stand-up Comedy durante el actual Adelaide Fringe Festival, durante el cual Iván (el comediante) en una de sus bromas hace referencia a una realidad que parece sencilla, decía que se sentía feliz de vivir en un país como Australia porque podía conocer a personas vegetarianas y veganas, quienes a su juicio son personas que siguen esa dieta por decisión propia, mientras que en Latinoamérica, específicamente Venezuela, "uno come lo que consigue en el súper" y ya.
No es para criticar la dieta de unos u otros en el (mal) llamado "1er mundo" ni mucho menos, es simplemente para, usando el un humor como herramienta, explicarle al mundo que es un privilegio el escoger entre muchas opciones para hacer un simple mercado y que comer por el resto de tu vida. Muchas cosas se dan por sentado cuando naces dentro de una cultura, tanto que no las notas cuando solo las ves desde fuera. Confieso que, al poco tiempo de llegar aquí pude darme cuenta de esa "ceguera" que sufren muchos inmersos en su propia cultura y que no les pica la curiosidad en ver más allá de sus límites personales e históricos.
Nosotros, los venezolanos, a pesar de toda la crisis en que estamos inmersos desde hace más de 15 años y sabemos que la corrupción es un cáncer instalado en nuestros códigos sociales, también hemos sido víctimas de esa ceguera. No hablo de nuestras "riquezas", naturales o no, o tradiciones antiguas que aparecen la mayoría en los libros de historia y que ya casi nadie lee ni conoce, ni mucho menos el carácter "bochinchero" del que muchos se ufanan. El ser venezolano, el ser Latino, nos dota inevitablemente de unos sentimientos y capacidad de crear lazos increíbles con nuestros seres queridos, así como también la capacidad de adaptación y de aprovechar al máximo los recursos que tenemos a mano para subsistir. Sé que jamás extrañaré el extremo bullicio ni el desorden ni la rumba ni la bebedera de cania, jamás, jamás. Lo único que extraño es mi familia, mis amigos, mis sabores y mis paisajes, y eso uno se lo trae en el alma bien incrustado, y poco a poco te das cuenta que lo vas esparciendo en todo lo que haces, sin querer queriendo o realmente a propósito, se lo muestras a los habitantes locales. A veces al escuchar a algún local quejarse por los servicios, productos o políticas locales, me provoca decirles "please don't say more bullshit" y date con una piedra en los dientes, tienes el poder de elegir lo que quieres ser, como vivir, que comer, sin miedos, puedes crecer. Se los digo y me lo digo, porque ese poder lo tenemos todos, independientemente donde se viva. Como me hubiese gustado haber sentido eso estando en mi tierra, quizás mi historia habría sido un poco distinta (solo un poco, ya que los errores también ayudan a crecer).
No la recuerdo, esa carta en papel, escrita a mano o impresa, con mensajes solo para mi. Podria revisar en mi "caja de cartas", una caja de zapatos que elegi para guardar ese tipo de tesoros, pero esa esta un poco lejos, solo a doce mil kilometros o mas desde aqui (nota mental: traerme algunas cuando vaya de visita).
El otro dia que recibi facturas de telefono y la "invitacion" del banco a sacarme una tarjeta de credito (es decir, a ponerte solito la soga al cuello), fue entonces que cai en cuenta que tengo anios sin saber lo que es escribir o recibir una carta. Ya eso no se usa, mucha gente siquiera ha enviado una en su vida. Y para que? teniendo internet puedes escribir un "imeiiil", pero la verdad es que hace anios que tampoco recibo un email que no sea publicidad, cadena o algun mensaje impersonal o grupal. Pero, una carta, asi como las de antanio, nada que ver.
Recuerdo la epoca en que, siendo un adolescente, comence a usar Internet con aquel estruendoso modem y los servidores arcaicos. Me di trancazos hasta entender como conseguir con quien hablar, a quien escribirle. Cualquier excusa era buena: algun correo para algun periodista que escribio un articulo que lei en prensa o revista que me gustase, o algun programa de television y radio. Sin embargo, viendo en retrospectiva unos anios antes de eso, recuerdo que tenia la costumbre de cartearme con una vecina, Sofia, quien se habia mudado a Caracas luego de toda una infancia compartida en tardes de bicicleta o en pandilla con el resto de chamitos de la cuadra. En las cartas nos contabamos como ibamos al final del bachillerato, como estaban nuestros respectivos vecindarios y cualquier otra cosa que se nos ocurriese. Ipostel, el servicio postal venezolano jamas ha sido ejemplar en su obrar, por lo que las cartas duraban semanas en llegar entre Caracas y Valencia. Apenas alguien en mi casa decia "Te llego correspondencia", yo sentia una emocion inexplicable en recibir un papel escrito, el que fuese dirigido a mi lo hacia la vaina mas arrecha del mundo. Tambien tenia otra costumbre con la unica "novia" que tuve, Carla, de escribirnos cartas asi nos vieramos todos los dias en el liceo, hablaramos por telefono y pasaramos las tardes juntos. Las cartas no eran de amor nada mas, eran de "filosofadas" donde nos confesabamos lo que queriamos cada quien para su vida, nuestras angustias propias de la epoca y cualquier otra tonteria..., ah!, por supuesto, cuando me aventuraba a escribir algun poema o relato, pues se lo enviaba.
Luego con Internet no recuerdo como, llegue a contactar personas para ser PenPal, amigos por correspondencia. Recuerdo haber contactado a una chica en Cordoba (Argentina) y a un chico en las islas Baleares. Eso ya era otro nivel, porque eran desconocidos, y uno por defecto refleja en esas cartas lo mejor de si, lo que desea que la gente conozca. Fue interesante mientras duro, pero al final fue una practica pasajera. Obviamente que las redes sociales y los Smartphones joden la cuestion, todo es un mensaje breve, un emoticon. Si, es divertido, pero no es lo suficientemente magico.
Intente hacerlo por medio del correo electronico, con algunos amigos; fue algo que duro algunos anios a manera esporadica, pero entonces llego Facebook y Whatsapp y listo, murio el amor.
Cuando recibes una carta de un amigo o un familiar, es como recibir parte de esa persona, el tiempo que le dedico a escribir la carta, sus errores ortograficos o gramaticales, la tinta que uso para escribirla, el sobre, etc., todo es parte del mensaje. Y si la carta viene acompanada con alguna foto, postal o cualquier detallito, el alma de la carta explota en tu cabeza y vuelas.
Debe ser porque conozco el poder de la palabra escrita que me encanta eso, el ritual de la correspondencia, de crear algo unico e irrepetible para que lo reciba otra persona y lo conserve (y que el estimulo sea suficiente para que te responda, claro). Diran "bueno pero si quieres recibir algo, quizas debas tu enviar primero", y ese es el problema, que soy yo siempre el que empieza esa clase de cosas, pareciera que nadie tiene esa iniciativa. Si googleas "PenPal" encontraras sitios web dedicados a reunir personas que gustan de eso, la cuestion es hacer un buen match. Y no se si es porque soy latino, pero la idea de compartir mi direccion postal con un extranio todavia no me es facil. Quizas me abra un apartado postal, no se.
Te escribo una carta?, Me escribes una tu primero?, de que hablariamos?..., dejame lanzar los dados al azar a ver que sale. ;-)
Era una noche de suelo luminoso pero con una negrura celestial, se sentía el salitre navegando el aire de forma tenue, como queriendo pasar desapercibido. Entonces mis pies estaban descalzos, era tierra arcillosa, entre naranja y ocre, de pisada pastosa; creo haber estado acompañado, sentía gente a mí alrededor, hablaban algo que yo entendía pero no recuerdo, al menos en palabras precisas. Bajamos una suave pendiente, habían mujeres jóvenes jugando juegos de niños a la ribera de ese cuerpo acuoso que, por alguna razón, mi mente identifico como el Lago de Maracaibo, cerca del puente; pero, ese cielo, ese cielo lo hacia todo irreal, lo veía sin verlo, sentía su mirar pesado sobre mis entrañas, cual niño castigado no deseaba subir la mirada, no todavía.
Quise jugar ese juego infantil con ellas, también habían chicos. Todo el grupo era familiar a mi alma aunque no les reconociese físicamente, era como ver una película ya empezada donde yo era una de las estrellas.
Corríamos, sudábamos frio, frio de niños que juegan en el parque durante una noche, en un parque infantil de algún sitio donde se celebra una boda o unos quince años. El espíritu se sentía libre, sin cicatrices todavía, sin necedades y laberintos.
Y entonces la curiosidad terminó por tentarme, susurro tibio..., "anda, mira hacia arriba..."
Vi aquel cielo de mi niñez, tendría yo 7 años cuando pase unos días en Paraguaná, cuando presencie aquella noche clavada en el techo de mi vida, negra pura, con estrellas desparramadas por todos los ángulos posibles, era verle las vísceras a la Vía Láctea.
Esta noche, la de este sueño, era muy parecida, pero entonces las estrellas, algunas, decidieron moverse. Pensé primero "son fugaces" y ya, pero entonces las acompañó una coreografía geométrica a un ritmo inaudible, pero que significaba algo, algo..., que supe sin saber ni sigo sabiendo, pero lo supe. Eran como F16, aviones de guerra en formación de desfile, de anuncio, de celebración?, no sé. Círculos, líneas curvas, caleidoscopio sin colores.
Y entonces, al ser consciente dentro de esta filigrana de gasa, de espuma pastosa, abres los ojos y te jodes, no sabes el resto de la historia, pero te queda esa cicatriz y debajo de ella, lo que habías entendido solo un micro segundo, solo uno. Vaya usted a saber!...
No sé qué haría sin ellas. Obvio que muchos lo logran, muy a su pesar, y agudizar sus otros medios y sentidos pero..., no, no podría. Estos días han estado algo adoloridas del trabajo físico, del constante ajetreo casi robótico, para no pensar, pero igual se termina pensando y el doble!.
No debo maltratarlas, pero soy consciente que necesitan disciplina, propósito. Que pendejo, no?, todo eso no debe ser para ellas, debe ser para el que manda, el que está en la azotea, ese que de ser una ciudad se llamaría Procastinationwood y tendría un letrero bien grande a lo largo de sus colinas. Al final tampoco es culpa del esponjoso que vive en el penthouse de mi contenedor de carne y hueso (y vísceras, sangre, sudor y demás humanidades), es el conductor, el etéreo e indescriptible. Y no es razón buscar la culpa, nunca es buen vehículo ni bandera a favor o en contra.
Igual, ellas terminan siendo la extensión del deseo, de la idea, la fuente que esculpe los verbos y versos en las mentes ajenas.
En fin, este día comenzó recibiendo en mis manos un ejemplar de un libro que había comprado hace poco (del cual hablare en otro post, debo leerlo primero). Dije que me lo trajo la cigüeña literaria porque se, es un hijo bien querido de su creador, un soñador como yo, solo que el ya comenzó a procrear. Su tapa blanda y rosada, sus ciento noventa y seis páginas, su impresión sencilla y justa, me ha enamorado. Es bello enamorarse de las ideas, de lo sublime, ese click que desabotona un suspiro y una sonrisa de eterno niño.
Y la energía, es imaginación que se disemina fractal y orgánica, corriendo por mis pasillos internos, esperando que mis manos sueltas rayen el papel.
Un año y un día después
de mi llegada, todo es lo que no esperaba, cosa que no es buena ni mala, solo
distinta.
Luego de llegar
del trabajo, salí a comprar algunos víveres al súper, a unas cuadras de aquí.
La temperatura es agradable, por los 22 grados me imagino, el sol no está muy
fuerte y hay brisa; esta semana no se parece en nada a la semana de mi llegada,
aquella era calurosa además de mi jet-lag que lo multiplicaba todo: el
cansancio, las expectativas, los miedos.
Mi percepción
sobre Australia, sobre su gente, su cultura, ha cambiado. Nada se compara a ver
las cosas desde dentro, y sé que todavía me falta mucho por ver y experimentar.
Algo que me queda muy claro de todo esto es que, sin importar tu background
cultural, los humanos son iguales en todos lados: siempre con razones para
quejarse, para encontrar defectos, para sentirse infelices y no ver todo lo
bueno que tienen a su alcance. Por supuesto, yo también me incluyo en ese
grupo, aunque a veces no quiera ser humano.
He visto más de
365 atardeceres en esta isla continente, muchos han sido preciosos y únicos, y
aunque suene ilógico y extraño, a veces se me olvida que los vi y los retrate,
no recuerdo el efecto que causaron en mí en su corta existencia..., entonces
veo uno nuevamente, recibo otra vez mi dosis.
Este periodo fue
la prueba, 365 días de exploración y conquista, terrenos desconocidos y
lenguajes extraños que ahora son mi rutina. Ahora, solo me llega el eco sordo
de una tristeza desde mi tierra y la incertidumbre que a todos los nacidos en
Venezuela se les ha contagiado como un virus, mutante y desgraciado.
Incertidumbre de cuando veré a mis seres queridos de nuevo, lo único que
realmente me importa.
Y si hablamos de
lo sonado, lo que deseaba hace un año, ha cambiado..., más que cambiado,
mejorado, incluso he descubierto nuevos sueños, más infinitos. Por supuesto,
siguen también uno que otro fantasma, pero ya solo quedan pocos en comparación
con épocas anteriores.
Ya comenzó el
segundo año, del que tengo la certeza me sorprenderá aún más.
Tarde o temprano debía hacerlo, verdad?, es ese tipo de cosas que uno va postergando porque a veces son tantas y el espíritu se va curtiendo poco a poco con ellas, entonces cuando te vienes a dar cuenta dejas de verlas como novedad y van pasando a segundo plano. No quiero que esto pase, por ello estoy casi que con una pistola virtual apuntándome a mis manos, para por fin ir soltando poco a poco esas anécdotas y reflexiones que inevitablemente me desbordan el vaso existencial las 24 horas del día desde que llegue.
Hace exactamente 4 meses vi el amanecer desde el avión luego de una noche de 16 horas, el cual me iba persiguiendo para darme la bienvenida a este continente. Apenas vi la costa de Sydney y todo su skyline icónico desde mi ventana cubierto de neblina…, lloré como un pendejo (más de todo lo que llore desde que despegue de Maiquetia, deshidratado es poco). Fue inevitable; algo que creía imposible y ya fuera de mis planes luego de una larga espera, había llegado.
Los últimos días en Venezuela fueron de duelo, no tengo otra palabra para definirlo: mi yo de ese entonces estaba muriendo; la sensación en casa era de emoción y apoyo, pero también de tristeza, y no le estaba pasando a mas nadie, me estaba pasando a MI. Esos últimos días comprendí los grandes y fuertes lazos que existen entre mis seres queridos y yo, los comparo como hilos de acero; y obviamente, eso ha ido en unos casos aumentando su intensidad, en otros parece desvanecerse (solo parece).
Cuando decidí probar suerte y comenzar con mi aplicación para la visa de trabajo en Australia, fue hace 4 años; durante esa larga espera paso de todo en mi vida, tanto que daba por perdido el otorgamiento de la visa e incluso no quería ya seguir soñando con eso, dándome falsas esperanzas en algo que no daba señales de seguir activo. Aunque eso fue hace tiempo, ese gusanito de explorador no se gestó ni en la universidad cuando compartí con los panas de AIESEC, tampoco en la secundaria cuando ayudé en los Juegos Suramericanos…, todo fue gracias a los libros de Atlas que siempre pedía a Santa Claus en mi niñez, eran una de mis obsesiones y mi familia sabía que eran un tiro al piso. Horas y horas me perdía en todas las ilustraciones y fotos que traían, soñando que de grande recorrería todos esos lugares. Luego vino aquel bendito primer viaje fuera del país a mis 11 años, nada más y nada menos que a NYC, el cual amo con locura y recuerdo como si fuera ayer y me comenzó a alborotar esa hambre infinita por el mundo. Por ello, no, la situación actual de Venezuela, mi maltratada nación por años de ignorancia popular y gobernantes egoístas, no fue la principal razón; a pesar de lo que digo de mi país, también digo que no he dejado ni dejare de ser Venezolano, ese amor por mi tierra es más fuerte de lo que yo creía y ahora estando aquí lo transpiro, lo siento y (cuando leo las noticias nacionales) lo padezco.
Llegar fue encontrarme con otro mundo, no mejor y peor sino DISTINTO; en mayúsculas porque si, así como no puedes comparar si algo es costoso o económico en un país con otro de manera literal, pues es igual en este caso. En líneas generales no es la vida en rosa ni mucho menos, pero, pero, pero…, el alma comienza a respirar: niveles de stress bajan de una manera estrepitosa, ya no recuerdo la ultima vez que tuve un dolor de cabeza a excepción del puto jetlag recién llegado (y el acento aussie). A pesar que ya había conocido otros sitios, Cangurolandia es única en su estilo; es relajada a mares y parques y campos y colinas y desiertos infinitos, a veces contradictoria, inevitablemente multicultural, y muchos adjetivos que se me escapan en este momento, pero que están y me tienen en constante alerta y asombro, por ello estos 4 meses parecen 8 para mi mente y espíritu, y eso “mama” :-P .
Yo pensé que había estado antes solo conmigo mismo, pero no, luego de estar a más de 15.000 kms de mi hogar sin más compañía que yo mismo, veo que estaba en pañales. Ha habido noches de insomnio por tantas ideas y preguntas, momentos en que he comenzado a pensar en inglés o días enteros que no pronuncio nada de mi amado español, leo más libros que nunca, escribo, dibujo, tomo fotos, toda una especie de renacimiento, de despertar todo eso que estaba dormido a punta de sedantes hechos de temores e ideas erradas sobre la vida.
Por ello y por mas, están cordialmente invitados a leerme y así poder ventilar aquí todas esas ideas y experiencias personales al mundo, puede ser un libro ya leído, un lugar visitado, un nuevo sabor, una reflexión añejada, un sueño…, como este que estoy viviendo AHORA.
A veces posteare por escrito, con o sin imágenes que acompañen, o video o sonido, lo que me provoque!.